Dado que la seducción por su pecado es mayor que que el malestar que le provoca el mismo, el susodicho cae en el autoengaño.
De este modo, disfraza su infidelidad, creando un buen número de reglas autoimpuestas con el fin de dar imagen de santidad.
En efecto, para él la imagen lo es todo, pues no le preocupa someterse al pecado mientras dicha sumisión no sea percibida por los que le rodean.
El cristiano autoengañado dará un valor desmedido a rituales vacíos de toda espiritualidad, tales como asistir a cultos para ser visto, diezmar, ostentación de pasajes memorizados, etc...
El tipo cree que el cumplimiento de esas reglas autoimpuestas, neutralizará la lealtad a su pecado cuando la realidad es justo la contraria.
Exacto, al vivir en hipocresía, añade pecado a su pecado.
La gravedad del asunto sería menor si no fuera porque la inmensa mayoría de los cristianos autoengañados suelen erigirse como los guardianes de la moral de los hermanos que le rodean.
En efecto, no habrá jamás mayor inquisidor, fiscal, juez y verdugo del cristiano fiel, que el cristiano autoengañado.
Mientras meditáis en todo esto, dad gracias a Dios por todo en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo...
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